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11oct2013

La anatomía del amor vista por una antropóloga

  • Por superadmin
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Cuando las encuestas preguntan a hombres y mujeres por qué tienen aventuras extramaritales, los adúlteros siempre responden: «por placer», «por amor», o «no lo sé». Los psicólogos agregarían que algunos adúlteros quieren ser descubiertos para poder hacer las paces con sus cónyuges. Otros usan las aventuras para mejorar sus vínculos conyugales, satisfaciendo ciertas necesidades fuera de casa. Y están también aquellos a los que los deslices les sirven de excusa para abandonar al cónyuge. 

Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio por Helen E. Fisher

 

Tal vez sean los ojos -y no el corazón, los genitales o el cerebro- los órganos donde se inicia el idilio

Tal vez sean los ojos -y no el corazón, los genitales o el cerebro- los órganos donde se inicia el idilio

La mirada copulatoria
La mirada es posiblemente la más asombrosa técnica humana de cortejo: el lenguaje de los ojos. En las culturas occidentales, donde el contacto visual entre los sexos está permitido, hombres y mujeres a menudo miran fijamente a una pareja potencial por dos o tres segundos durante los cuales sus pupilas pueden dilatarse: una señal de extremo interés. Luego el o la que mira baja los párpados y aparta la vista.

No es extraño que la costumbre del velo haya sido adoptada en tantas culturas. El contacto visual parece tener un efecto inmediato. Dispara una parte primitiva del cerebro humano, y provoca una de dos emociones básicas: interés o rechazo. Los ojos de otra persona fijos en los propios no pueden pasar inadvertidos, es necesario responder de alguna manera. Uno puede sonreír e iniciar una conversación; puede desviar la mirada y dirigirse a la puerta disimuladamente. Pero primero es probable que uno se toque el lóbulo de la oreja, se acomode el suéter, bostece, juegue con las gafas o realice cualquier otro movimiento sin importancia -un «gesto sustituto»- destinado a aliviar la tensión mientras uno decide cómo reaccionar ante la invitación, por ejemplo abandonando el lugar o permaneciendo allí y aceptando el juego del cortejo.

Esta mirada, identificada por los etólogos como la mirada copulatoria, bien podría estar inscrita en nuestro psiquismo evolutivo. Los chimpancés y otros primates miran al enemigo para amedrentarlo; se miran profundamente a los ojos también para reconciliarse después de una batalla. La mirada se emplea asimismo antes del coito, como puede observarse en los chimpancés «pigmeos», unos monos íntimamente emparentados con el chimpancé común pero más pequeños y tal vez más inteligentes. Varios de estos animales casi humanos viven en el zoológico de San Diego, donde machos y hembras copulan con regularidad. Pero inmediatamente antes de tener relaciones, la pareja pasa unos momentos mirándose a los ojos fijamente.

babuinos

Los babuinos o mandriles también se miran a los ojos durante el cortejo. Esos animales quizá sean un desprendimiento de nuestro árbol evolutivo humano, ocurrido más de diecinueve millones de años atrás, y sin embargo la semejanza en el flirteo aún subsiste. Como dijo la antropóloga Barbara Smuts respecto del galanteo de dos babuinos en las montañas Eburru de Kenia: «Me parecía estar observando a dos principiantes en un bar para solteros.»

La relación comenzó una noche cuando una babuina joven, Thalia, giró sobre sí misma y descubrió a un joven macho, Alex, mirándola fijamente. Estaban a unos cinco metros de distancia uno de otro. De inmediato, él apartó la mirada. Entonces ella lo miró a él, hasta que Alex volvió a mirarla. En ese momento ella comenzó a mover los dedos de los pies con extrema concentración. Y así continuaron. Cada vez que ella lo miraba, él apartaba los ojos; cada vez que él la miraba, ella se ocupaba de sus pies. Hasta que al fin Alex la pescó mirándolo: la «mirada de respuesta».

A continuación él aplastó las orejas contra la cabeza, entrecerró los ojos, y comenzó a chasquear los labios, con el gesto de simpatía por excelencia en la sociedad de los babuinos. Thalia quedó helada. Entonces, durante un largo rato, lo miró a los ojos. Justo después de producido este contacto visual, Alex se aproximó a ella, momento en el cual Thalia comenzó a acariciarlo. Era el comienzo de una amistad y de un vínculo sexual que seis años más tarde, cuando Smuts regresó a Kenia para estudiar la amistad entre los babuinos, habían preservado toda su intensidad.

Tal vez sean los ojos -y no el corazón, los genitales o el cerebro- los órganos donde se inicia el idilio, ya que es la mirada penetrante la que con frecuencia provoca la sonrisa humana.

«Hay una sonrisa de amor / y una sonrisa mentirosa», escribió el poeta William Blake. En realidad, los seres humanos tienen un repertorio de por lo menos dieciocho tipos de sonrisas diferentes, de las cuales sólo usamos algunas durante el flirteo.

Tanto hombres como mujeres usan «la sonrisa simple», un gesto con la boca cerrada con el cual se saluda a un conocido que pasa cerca. En esta expresión los labios están cerrados pero extendidos y no se ven los dientes; a menudo el gesto se acompaña de un movimiento de cabeza que expresa reconocimiento. Las personas que le sonrían de este modo posiblemente no se detengan para entrar en conversación.

En las personas, la «sonrisa de mitad superior» indica un interés más marcado. En esta expresión se descubren los dientes para indicar que se tienen intenciones positivas. La sonrisa de mitad superior a menudo se acompaña de un relampagueo de cejas de un sexto de segundo en el cual las cejas se elevan y vuelven a bajar. Eibl-Eibesfeldt observó esa sonrisa entre europeos, balineses, indios amazónicos y bosquimanos de Africa del Sur, e informa que se utiliza en todo tipo de contactos cordiales, entre ellos el flirteo. Los chimpancés y los gorilas utilizan esta media sonrisa cuando juegan, pero muestran los dientes inferiores en lugar de los superiores. De este modo ocultan los colmillos superiores, afilados como dagas, que muestran para amenazarse.

«La sonrisa abierta», en la cual los labios están del todo separados y se ven tanto los dientes superiores como los inferiores, es la que solemos utilizar para «animarnos» unos a otros. La sonrisa del ex presidente Jimmy Carter es un ejemplo notable. Carter cortejaba nuestras mentes, nuestros votos, nuestras opiniones; de haber combinado esta «supersonrisa» con la secuencia de flirteo: la actitud tímida, el ladeo de cabeza, el avance del pecho o la mirada penetrante, sus intenciones habrían sido inconfundiblemente sexuales.

Otro tipo de gesto humano, la «sonrisa social nerviosa», cumple un papel claramente negativo en el cortejo. Surge de la antigua costumbre de los mamíferos de mostrar los dientes cuando se ven arrinconados. Una vez presencié un soberbio ejemplo durante una entrevista por televisión. Mi anfitriona era hostigada verbalmente por la otra invitada. No podía ser descortés ni abandonar el lugar. Entonces entreabrió los labios y mostró los dientes, firmemente apretados. En ese momento se quedó congelada, manteniendo mientras tanto su sonrisa nerviosa.

Los chimpancés utilizan la sonrisa social nerviosa, «muestran los dientes», cuando los desafía un superior. Lo hacen para expresar una combinación de miedo, cordialidad y deseo de aplacar al otro. Nosotros también recurrimos a la sonrisa social nerviosa en situaciones sociales difíciles, pero jamás cuando flirteamos. De este modo que si un posible pretendiente le sonríe con dientes apretados, puede tener la seguridad casi absoluta de que piensa más en sobrevivir a la situación que en flirtear con usted.

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El amor perfecto
Tal vez no sepamos nunca quién es más infiel. Lo que sí sabemos es por qué hombres y mujeres dicen ser adúlteros.

Cuando las encuestas preguntan a hombres y mujeres por qué tienen aventuras extramaritales, los adúlteros siempre responde: «por placer», «por amor», o «no lo sé». Los psicólogos agregarían que algunos adúlteros quieren ser descubiertos para poder hacer las paces con sus cónyuges. Otros usan las aventuras para mejorar sus vínculos conyugales, satisfaciendo ciertas necesidades fuera de casa. Y están también aquellos a los que los deslices les sirven de excusa para abandonar al cónyuge. Algunas personas buscan llamar la atención. Otras necesitan más autonomía o más independencia. Hay quienes buscan sentirse especiales, deseados, más masculinos o más femeninas, más atractivos o mejor comprendidos. El objetivo puede ser una mejor comunicación, una mayor intimidad o simplemente una vida sexual más intensa. Otros ansían la fantasía, la excitación o el peligro. Unos pocos lo hacen para vengarse. Algunos otros buscan el amor «perfecto». Y hay quienes buscan demostrarse a sí mismos que todavía son jóvenes, buscan la aventura que representa la última oportunidad.

Carol Botwin nos dice que algunos hombres son incapaces de mantenerse fieles porque están detenidos en la «etapa del bebé». Estas personas necesitan tener a su lado a uno de sus progenitores cuando viajan o cuando su cónyuge no está disponible. Otros hombres o mujeres adúlteros se criaron en hogares donde sus padres nunca buscaban la intimidad, de modo que de adultos estas personas tienden a formar parejas superficiales y a procurarse relaciones poco comprometidas. Algunos hombres ponen a sus esposas sobre pedestales pero gustan de pasar la noche con mujeres «de la calle». Algunas mujeres y algunos hombres son narcisistas: necesitan múltiples amantes para hacer alarde de sus deslumbrantes fachadas. Unos pocos disfrutan de las relaciones triangulares, o de la competencia con otro. A otros los excita la clandestinidad. Y otros quieren solucionar un problema sexual.

infidelidad

Hay muchos otros factores sociológicos y psicológicos que se relacionan con el adulterio además de los anteriores. El trabajo de horario completo en el caso de las mujeres, nuestro nivel de educación, la década en que nacimos, la frecuencia con que vamos a la iglesia, nuestro grado de independencia económica, la experiencia sexual previa al matrimonio que tenemos, el código de valores y la ocupación de nuestros padres, la enfermedad crónica de un cónyuge, la frigidez de la esposa o los viajes constantes de uno de los cónyuges, todo puede afectar nuestra tendencia al adulterio.

Pero, como darwinista, prefiero la simple explicación del hombre que dice buscar la variedad y la de Nisa, que cuenta lo siguiente: «Un hombre te dará sólo un tipo de comida, pero si tienes amantes, uno traerá una cosa y el otro te traerá otra. Uno llegará de noche con carne, otro con dinero, otro con cuentas de colores». Estas respuestas tienen veracidad evolutiva. Porque si bien la mujer que se acuesta con un colega no está pensando en su futuro genético cuando se mete entre las sábanas, y un embarazo es lo último que quiere el marido que seduce a una compañera de trabajo después del brindis de Navidad, son los milenios de escaparse con un amante -y los beneficios proporcionados por dicha práctica- lo que explica la tendencia mundial al adulterio.

«Cometerá adulterio.» Debido a un error de imprenta en la edición bilingüe de 1805 de la Biblia, este mandamiento de pronto ordenó practicar la infidelidad. Rápidamente pasó a ser conocida como la Biblia perversa. Pero el animal humano parece condenado a una contradicción del espíritu. Buscamos el verdadero amor, lo encontramos y echamos raíces. Después, cuando el hechizo empieza a desvanecerse, la mente comienza a vagar. Oscar Wilde sintentizó así nuestra contradicción: «Hay dos grandes tragedias en la vida, perder al ser amado y encontrar al ser amado».

¡Ay de nosotros! El éxito a menudo nos conduce a otra región de nuestra estrategia reproductora, la tendencia humana al divorcio.

Fuente:http://www.elcultural.es/articulo_imp.aspx?id=21666

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