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17abr2015

La biología detrás de la crisis de la mediana edad

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La expresión “crisis de la mediana edad” hoy es parte del lenguaje común. Pero en laboratorios de todo tipo a través del mundo, decenas de investigadores –economistas, sociólogos, psicólogos, neurocientíficos– están estudiando el tema desde diferentes perspectivas. Buscan entender mejor qué ocurre en ese período y analizar el efecto que ha tenido el aumento de la esperanza de vida que sitúa hoy esa etapa entre los 35 y los 55 años, aproximadamente.
Por Daniela Mohor

 

El sesgo negativo está incorporado en el cerebro. Hace que aprendamos rápidamente de las experiencias negativas y más lentamente de las buenas

El sesgo negativo está incorporado en el cerebro. Hace que aprendamos rápidamente de las experiencias negativas y más lentamente de las buenas

 

Uno de los principales descubrimientos de Andrew Oswald, profesor de economía de la Universidad de Warwick, en Inglaterra, tiene que ver con simios. Economista de formación, Oswald lleva años estudiando la relación entre la felicidad y el trabajo y contribuyendo al desarrollo de una nueva rama de la economía que se centra en el bienestar de las personas. Y en el 2012, tras décadas de investigación, fue –junto a primatólogos y psicólogos– uno de los autores de un artículo que indica que chimpancés y orangutanes, al igual que los seres humanos, experimentan una crisis en la mitad de la vida. “Es muy importante –dice hoy desde Inglaterra–, porque eso sugiere que no está causada por aspectos de la vida moderna. Es, en parte, biológica; está fuera de nuestro control”.
 
Fue un psicólogo canadiense, llamado Elliott Jacques, quien acuñó el término de ‘crisis de la mediana edad’ en los años 60. Lo hizo fundándose en los estudios clínicos que había realizado con pacientes y artistas que sufrían de depresión y ansiedad frente a la perspectiva de envejecer.
 
La expresión no demoró en popularizarse, y hoy es parte del lenguaje común. Pero en laboratorios de todo tipo a través del mundo, decenas de investigadores –economistas, sociólogos, psicólogos, neurocientíficos– están estudiando el tema desde diferentes perspectivas. Buscan entender mejor qué ocurre en ese período y analizar el efecto que ha tenido el aumento de la esperanza de vida que sitúa hoy esa etapa entre los 35 y los 55 años, aproximadamente.
 
Al conversar con algunos de ellos queda claro el respaldo científico que le dan al fenómeno. Andrew Oswald no usa la palabra ‘crisis’. Habla de la existencia de “una curva en forma de U” en los niveles de satisfacción de la gente a lo largo de la vida, que “alcanza su punto más bajo como a los cuarenta y tantos”. El descenso de los niveles de felicidad en las personas, afirma, disminuye drásticamente entre el final de los 30 y el comienzo de los 50 para volver a aumentar después. “El tiempo de la felicidad en la vida en Gran Bretaña y Estados Unidos –asegura– se da en las personas de 70”.
 
Oswald empezó a estudiar el asunto en los años 90 y ha realizado desde entonces numerosas investigaciones para confirmar su teoría. En 2008, publicó, junto con su colega David Blanchflower, un trabajo en que identificaron una relación entre edad y felicidad en no menos de 80 países.
 
Notaron que en 72 de ellos la satisfacción con la vida disminuía entre los 39 y los 57 para volver a subir después. En el 2012 realizaron otra investigación en 27 países europeos que les reveló que las personas de 40 y tantos tenían casi el doble de probabilidades de usar antidepresivos que el resto de la población. También identificaron patrones similares en México y en los estados de New Hampshire y Nuevo México, en Estados Unidos. Y ese mismo año publicaron un paper sobre los simios en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences. Describieron allí haber identificado un bajón en 508 monos que se encontraban en la mitad de sus vidas: “Nuestros resultados implican que la curva del bienestar humano no es única de los humanos y que, aunque pueda explicarse en parte por aspectos de la vida y sociedad humana, su origen puede venir en parte de la biología que compartimos con simios más cercanos a nosotros”, dice el artículo.
 
Oswald insiste: “La curva llega a su punto más bajo como a la mitad de la década de los 40. Yo lo experimenté, y creo que es importante identificar estos patrones por razones científicas. Además, explicarle esto a la gente puede ayudarlos a sobrevivir a la mediana edad”.
 
El imperativo biológico
 
La doctora Christiane Northrup, experta en salud de la mujer, es conocida por gran parte del público estadounidense. En los últimos años ha participado en distintos shows televisivos –incluyendo el de Oprah Winfrey–, dando charlas en todo el país, y publicado varios libros que han figurado entre la lista de bestsellers del New York Times.
 
Ginecóloga de formación, su trabajo apunta hoy a promover la salud desde la unión entre el cuerpo, las emociones y la espiritualidad. Desde esa perspectiva, está convencida de que la mediana edad es el momento en que las personas reciben lo que ella llama the wake up call o llamado de alerta.
 
“Generalmente, a los 45 años caes realmente en cuenta de que no eres inmortal. Puede que te hayas enfrentado a la muerte de un amigo, a la enfermedad y pérdida de uno de tus padres, y que tengas algunos problemas físicos tú también. Ahí es cuando la gente empieza a pensar ‘no tengo tiempo que perder, necesito empezar a vivir desde mi centro’. Ese es el llamado de alerta”, dice.
 
Según Northrup, este momento de reenfoque de las prioridades también tiene que ver con la biología humana y está vinculado a los cambios hormonales que se dan tanto en hombres como en mujeres, pero que suelen ser más notorios en ellas. Esto se debe a que a los 45, cuando se acercan a la menopausia, comienzan a producir más estrógeno que progesterona –una hormona naturalmente tranquilizante–, y ese exceso de estrógeno empieza a metabolizarse en las mismas vías que las hormonas del estrés, como el cortisol y la epinefrina.
 
Y eso crea aun más hormonas del estrés, dice. Además, estas hormonas producen metabolitos que despiertan la amígdala y el preencéfalo basal, que corresponden a las partes donde se almacenan los recuerdos más profundos, los más primarios. Las mujeres, explica Northrup, se reconectan con esos recuerdos y empiezan inevitablemente a hacer el balance de sus vidas.
 
“Tenemos una especie de imperativo biológico de ponernos más introspectivas, reevaluar nuestra vida y a funcionar más desde nuestro centro”, dice. La crisis es simplemente una crisis de autodesarrollo. De hecho, las mujeres que han tenido una vida satisfactoria no lo viven como una crisis, sino que empiezan a escucharse más.
 
La especialista agrega que los hombres experimentan un proceso similar. Sus niveles de testosteronas disminuyen y los de estrógeno aumentan, lo que, según Northrup, también los lleva a vivir un posible bajón y un retraimiento sobre sí mismos.
 
A los 62 años, Rick Hanson, neuropsiquiatra, fellow del Greater Good Science Center de la Universidad de Berkeley y autor, entre otros libros, de Hardwiring Happiness (Programando la felicidad) recuerda perfectamente esa etapa de introspección.
 
“Para ser honesto, en mis 40 y 50 sentía que tenía más capacidades intelectuales que las que estaba usando, y para mí fue importante encontrar un canal o una manera de dejar fluir libremente todo lo que había mantenido encapsulado dentro de mí. Me di cuenta de que tenía que salir de mi cabeza y prestar más atención a mi corazón y mi cuerpo”, advierte.
 
Para dar cuenta del momento que vivió, Hanson evoca la teoría del psicoanalista experto en psicología del desarrollo Erik Erikson, quien decía que, entre los 40 y los 60 años, los individuos pasan por una etapa de tensión entre “generatividad y estancamiento”. En ese período, generalmente dedicado a la crianza de los hijos, el desafío es lograr un equilibrio entre la productividad y el estancamiento, concebido como falta de tiempo para uno mismo.
 
“La generatividad es sentir que das frutos y que de alguna manera eres productivo en vez de sentirte atrapado o como un robot que pasa por las mismas rutinas todos los días. Lo importante es buscar maneras de aprender, crecer, contribuir y sentir que estamos usando todas nuestras capacidades. Hay una fuerza vital detrás de eso”, dice el experto.
 
Agrega que, desde el punto de vista de la evolución, el cerebro está hecho para estar alerta a las cosas negativas, como estrategia de sobrevivencia, y que es, por ende, más sensible a ellas que a lo positivo.
 
“El sesgo negativo está incorporado en el cerebro. Hace que aprendamos rápidamente de las experiencias negativas y más lentamente de las buenas. Y el impacto de cualquier período estresante, como lo es la mediana edad para mucha gente, se ve aumentado por ese sesgo negativo”, dice.
 
Hacer contrapeso a la crisis
 
A pesar de las bases biológicas de la crisis de la mediana edad, los expertos coinciden en decir que esta no tiene que ser necesariamente un período de profundo malestar. Hay maneras de vivirlo de una forma más positiva.
 
Por el mismo funcionamiento del cerebro, Rick Hanson enfatiza en que es importante prestarles atención a las experiencias benéficas y ayudarles a asentarse, porque hacerlo “es la principal vía para hacer crecer la fuerza y las emociones positivas dentro de uno”.
 
“Cuando llegan esos desafíos (los de la crisis de los 40), mientras más recursos tenemos dentro de nosotros mismos, más capaces seremos de poder enfrentarlos bien. Además, la llamada crisis de la mediana edad puede llegar de muchas formas. A veces se trata solo de darse cuenta de que uno se estancó en su carrera, porque no hizo un doctorado o puede que se haya casado a los 25 y a los 45 sienta que esa relación ya se agotó. O puede que se dé cuenta de que tiene una estructura de personalidad que lo hace ser muy controlador o enrabiado. Así que, creo que identificar el tipo de crisis de la mediana edad por la que uno está pasando ayuda mucho, porque facilita el encontrar maneras de enfrentarla mejor”, dice.
 
El mismo Andrew Oswald reconoce que, aunque sus estudios indiquen que este bajón tiene un origen biológico, es posible enfrentarlo bien. “No podemos evitar del todo la influencia del bajón de la mitad de la vida: lo que se puede hacer es tener otras buenas cosas en la vida para tratar de hacerle contrapeso”, asegura.
 
“Si uno les presta atención a las pequeñas señales que nos dan el cuerpo y la mente, no necesariamente hay una crisis. Simplemente se cambia la dirección del camino elegido”, agrega Christiane Northrup.
 
Northrup recuerda además que al pasar esa etapa se llega a otra que muchos consideran como insuperable. “Yo diría que después de los 50 vives el mejor momento de tu vida, y la razón de eso es que realmente sabes lo que es importante. Ya no te dejas llevar por tu ego. Sabes que lo importante son las relaciones, las cosas que te traen alegría. Uno quiere vivir cómodamente; el perseguir y conseguir cosas ya no es lo esencial”, resume.
 
Es cada vez más contundente la investigación que apoya su teoría. En un estudio del año 2011, por ejemplo, la psicóloga de la Universidad de Stanford Laura Cartensen situó el pico de la vida emocional después de los 70. La última etapa de la vida, explican los especialistas, es cuando disminuyen los niveles de estrés, las personas se dan cuenta de que les queda menos tiempo y lo invierten en lo que más las gratifica.
 
Desde la neurociencia, el doctor Hanson explica que después de los 60 también hay beneficios para el cerebro. Dice: “El estrés siempre es malo para el cerebro. Lo es tanto a los 20, que son años de mucho estrés, como a los 30 o 40. Pero cuando la gente llega al final de la mediana edad, especialmente a los 60, suele reportar menos estrés. Generalmente tiene mayor seguridad económica y se ha reconciliado con las cosas que la atormentaban; se ha estabilizado, sus hijos se han ido de la casa, ha ascendido en su trabajo y se siente más competente. Por todo eso, las personas se sienten más felices y más serenas”.
 

Fuente: http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/salud/crisis-de-la-mediana-edad/15112485

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